jueves, 8 de diciembre de 2016

A través del lienzo, La ruta de las delicias: El Infierno (Parte 1)

El caos y la locura podían respirarse en cada rincón de aquel pintoresco lugar, además de un intenso olor a azufre, Michael no había visto nada parecido en toda su vida. El tiempo jugaba en su contra, el fuego estaba devorando la misteriosa ciudad que asomaba por el horizonte, y su hermana Mary podría estar allí. Era realmente curioso, por más que ardieran, pronto comprendió que aquellos edificios negros nunca terminaban de quemarse, como si las llamas fueran parte de sus fachadas. Podría haberle parecido extraño a cualquiera, pero él sabía perfectamente que aquello era lo más normal que iba a encontrarse por allí. Estaba en el Infierno, tal y como lo había imaginado el Bosco hacía cientos de años en su tríptico de El Jardín de las Delicias. No era la primera vez –ni tampoco sería la última, desde luego– que Mary desaparecía sin avisar antes a Michael, nada le gustaba más que perderse entre los colores de sus lienzos favoritos. Su hermano y ella tenían un don muy especial, podían sumergirse en el interior de cualquier cuadro que acabaran de ver, no tenían más que cerrar sus ojos, dejar la mente en blanco, y concentrarse sólo en la imagen de la pintura. Siempre lo hacían en un lugar apartado del museo, para que nadie pudiera verles esfumarse como por arte de magia, era un secreto que habían prometido no compartir.
Todo era mucho más aterrador que en el museo, aquello estaba lleno de víctimas de las más variadas torturas. Pero lo más escalofriante era, sin lugar a dudas, la identidad de los torturadores. Por todas partes había criaturas fantásticas que, lejos de despertar algo de ternura en su interior, eran totalmente perturbadoras. El ruido del entorno era ensordecedor, Michael apenas podía escuchar sus propios pensamientos, el gran alboroto y la música de unos exóticos instrumentos eran los culpables. La anarquía y la confusión de aquella escena le ayudaron a pasar desapercibido al principio, mientras intentaba llegar a la ardiente ciudad donde podría estar Mary. Sin embargo, su moderna apariencia no tardaría en llamar la atención de aquellos personajes, él era el único extraño en aquel mundo de fantasía. Cuando trataba de cruzar el lago helado que dividía aquel lugar, un pequeño ser con cabeza de colibrí y una larga melena se plantó justo ante él. “¡Otro mortal, otro mortal! –gritaba aquella criatura sin parar, apuntándole con algo parecido a un cetro–, ¡el amo va a ponerse furioso otra vez!”. La música se detuvo sin previo aviso, el silencio se abrió paso entre la algarabía y todos los ojos apuntaron hacia Michael. Un sudor frío empezó a recorrer su espalda de arriba a abajo, era evidente que aquello no podía ser, de ninguna manera, una buena señal. 

Capítulo siguiente:
A través del lienzo, La ruta de las delicias: El Infierno (Parte 2):

El Infierno El Jardín de las Delicias El Bosco
Foto: El Infierno, panel derecho del tríptico de El Jardín de las Delicias (≈ 1500 d.C.)
Art. Jheronimus Bosch (El Bosco)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Buenos tiempos, malos tiempos

En los días de su juventud, le contaron qué significa ser un hombre. Ahora ha llegado al fin a esa edad, y está intentando hacerlo lo mejor posible. Pero no importa cuánto lo intente, siempre acaba metido en la misma mierda. Buenos tiempos, malos tiempos, ella bien sabe que ha tenido de todo. Y aunque su mujer se marchó de casa para irse con aquel tipo de ojos castaños, bueno, parece que nunca le ha preocupado mucho.
Sólo dieciséis años, se enamoró de la chica más dulce de todas. Apenas habían pasado un par de días, pero ya había pasado de él. Ella le juró que sería sólo suya, sí, y también que le amaría hasta el final, cuando él le susurró al oído: “Ya he perdido otra amiga”. Buenos tiempos, malos tiempos, él mismo sabe que ha tenido de todo. Y aunque su mujer volvió con el rabo entre las piernas, bueno, parece que eso tampoco le importó mucho.
Buenos tiempos, malos tiempos, todo el mundo ha tenido de todo. Y cuando su mujer se volvió a largar con todo su dinero, bueno, parece que entonces empezó a preocuparse. Él sabe mejor que nadie qué significa estar solo, y claro que le gustaría volver a su hogar. No le importaba lo que hablara la gente, porque iba a amarla todos y cada uno de los días de su vida. Ella es la única que puede sentir cómo late su corazón, aquella dulce niña que por fin entendió que nada podría separarles.

Versión libre de “Good Times, Bad Times”
Álbum “Led Zeppelin I” (1964) Art. Led Zeppelin

Good Times Bad Times Led Zeppelin I
Foto: Portada del Álbum “Led Zeppelin I” (1964) Art. Led Zeppelin

domingo, 27 de noviembre de 2016

Uno de los muertos, Parte 2

La sangre y el dolor habían teñido de rojo y negro los últimos años de su vida, el amable azul del pequeño pueblo costero donde creció quedaba demasiado atrás. Su pasado fue enterrado poco a poco por el paso de los años, y también por los llantos y los ruegos de sus víctimas, aunque su versión de los hechos fuera bien diferente. No era ningún loco solitario, las misiones que cumplía –o, al menos, así es como ellos lo llamaban– venían siempre desde arriba. Los medios hablaban casi a diario de él y los suyos como una banda de criminales, lejos de la idea de justicia que movía cada uno de sus pasos. Y es que la elección de sus blancos nada tenía que ver con el azar, eran ellos los malhechores que debían pagar sus cuentas pendientes.
Sin embargo, al infeliz que había sido secuestrado poco o nada le importaban las razones que movían a aquel grupo de locos. ¿Qué importaba lo que él hubiera hecho?, se lamentaba ingenuamente, ¡aquel tipo de negro no era quién para juzgarle! Y a pesar de que lo pensara de verdad, no podía dejar de llorar y rogar por su vida, tratando de encontrar en su captor algo de aquella compasión que él jamás había tenido. ¿Quién podría haber imaginado que aquel pobre hombre era en realidad un monstruo?, a la mañana siguiente los periódicos únicamente hablarían de una nueva víctima a manos de unos perturbados, y nadie conocería nunca la verdad detrás de aquella muerte. No era la primera vez que aquel hombre fundido con las sombras hacía algo así, ni tampoco iba a ser la última, desde luego. La organización se cruzó por su camino cuando era todavía muy joven, dando algo de sentido a una vida que se presentaba sin rumbo. Y no era una excepción, la mayoría de los que entraban en aquel mundo no eran más que niños que, al igual que él, andaban perdidos por la vida.
Aquel muchacho risueño que un día fue se había esfumado por completo, en su vida ya no había nada más allá de la organización. Su madre seguía preguntándose cada día qué sería de su hijo, aquel niño tan amable y cariñoso que le había regalado los mejores años de su vida. Pero para él era imposible recordar nada de aquello, la oscuridad de su corazón había borrado de su memoria los dulces momentos de su infancia, y también otras muchas cosas. Llegado el momento de poner fin de una vez por todas a aquella escena, su pulso no temblaría lo más mínimo al apretar el gatillo de la pistola, aunque en realidad fuera él quien ya estaba muerto por dentro.

Goodfellas Uno de los Nuestros Martin Scorsese Joe Pesci Robert de Niro Ray Liotta
Foto: Uno de los Nuestros (Goodfellas) (1990) Dir. Martin Scorsese

sábado, 19 de noviembre de 2016

Uno de los muertos, Parte 1

Apenas llevaba un par de minutos fuera, pero el traje negro que le acompañaba a todas partes ya se había fundido con las sombras de la noche. Poco más que oscuridad había por aquel sitio remoto, la llama del cigarrillo que sostenían sus heladas manos era lo más parecido a una luz que podía verse por allí. La elección de una pequeña caseta perdida en mitad de la nada no había sido fruto del azar, nadie podía enterarse de lo que allí estaba ocurriendo. Era el momento de volver adentro y acabar de una vez por todas lo que había empezado, ya se había entretenido demasiado, así que se apresuró en poner fin a la vida del pitillo con una intensa calada.
Atado de pies y manos a una vieja silla y con la boca amordazada, el hombre que esperaba dentro sintió un horrible escalofrío cuando vio la puerta abrirse de nuevo. Cada paso que daba hacia él aquel desconocido hacía correr un nuevo temblor por su cuerpo, ya se había divertido bastante a su costa o, al menos, eso era lo que él pensaba. Y aunque le costó todo un mundo asumirlo, finalmente entendió que no había manera de escapar de allí, por lo que decidió cerrar sus ojos y hacer volar su mente. ¿Cómo podían haber cambiado así las cosas de un momento para otro?, aquella misma mañana había estado jugando como un niño con sus hijas pequeñas, y por la tarde había quedado con aquellos amigos que tantos meses llevaba sin ver. Precisamente, fue de camino a aquel esperado encuentro cuando, sin previo aviso, recibió un tremendo golpe en la cabeza. Lo siguiente que vería al abrir los ojos serían aquellas cuatro paredes negras que, si nadie lo impedía, iban a presenciar su final.
¿Por qué a mí?, se repetía a sí mismo una y otra vez, entre lágrima y llanto, convencido de la injusticia y la crueldad del destino. Sin embargo, a pesar de aquellos lamentos, lo cierto es que nada de casualidad había en lo que le estaba sucediendo. El hombre de negro que lo había arrastrado hasta allí sabía muy bien quién era él y las cosas que había estado haciendo, de nada le iba a valer seguir ocultando sus secretos más inconfesables. Si el perdón era la llave de su salvación, no parecía que aquel día fuera a tener suerte, había llegado la hora de pagar por sus pecados.

Uno de los muertos, Parte 2:
Reservoir Dogs Quentin Tarantino
Foto: Reservoir Dogs (1992) Dir. Quentin Tarantino

lunes, 7 de noviembre de 2016

Camino a la belleza, Parte 2

Ninguna noche antes había sido tan larga como las últimas, su cama nunca había visto dar tantas y tantas vueltas entre los recovecos de aquellas viejas sábanas. Y no es que tuviera compañía, más allá de esa soledad que le arropaba cada noche, aunque no le habría importado en absoluto que así fuera. Ella no podía saberlo todavía, pero su nueva compañera de rellano se había convertido en la ladrona de sus sueños. Ya no habría otra imagen en su mente que no fuera ella, los nervios y otras emociones que era incapaz de comprender no tardarían en ahuyentar a esa tranquilidad que llevaba años persiguiendo. ¿Quién habría dicho que ahora era uno de esos idiotas de los que se compadecía hacía sólo unas semanas?
Al principio llegó a pensar que aquello no podría durar mucho, pero pronto se dio cuenta de que sus pensamientos no iban a escapar de aquella mujer sin más. Sabía que la única manera de acabar con aquella maldita tortura mental era armarse de valor e ir a por ella. ¿Qué problema podía haber?, aunque hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez, ya había tenido que hacerlo en alguna que otra ocasión. Sin embargo, había algo en esa mujer que le hacía enmudecer casi por completo cada vez que se cruzaban. Quizá fuera por ese azul tan claro que parecía dar vida propia a sus ojos, o tal vez fuera por el brillo dorado que irradiaba su larga melena. Lo único seguro era que, cada vez que dejaba escapar la oportunidad de hablar con ella, se acababa sintiendo realmente estúpido. ¿Por qué sería tan complicado?, ¡cuántas veces había perdido la noción del tiempo jugando a imaginar qué podría decirle! Pero al final todos esos encuentros con los que soñaba despierto no serían más que fantasía, al igual que esa imagen de ella desnuda y cubierta de pétalos, como en aquella película, que era imposible borrar de su mente.
Y así pasaron, lentamente, los días, las semanas e incluso los meses. Y aunque todavía no hubiera sido capaz de articular palabra alguna en su presencia, en el interior de su cabeza ya eran cientos los momentos inolvidables que había vivido a su lado. Su deseo de sacarlos de allí y hacerlos realidad de una vez se hizo tan grande que, tras llenar sus pulmones con algo de aire y sobre todo de coraje, al fin logró encerrar sus miedos por un instante y emprender aquel largo camino que llevaba a su apartamento. Sin embargo, se llevó una gran sorpresa al ver abierta esa puerta que tantas veces había cruzado en sus sueños. El vacío de sus paredes pronto le hizo comprender que el último tren a aquella belleza había pasado ya. 

Camino a la belleza, Parte 1:

American Beauty Sam Mendes Kevin Spacey
Foto: American Beauty (1999) Dir. Sam Mendes

martes, 1 de noviembre de 2016

Camino a la belleza, Parte 1

El amor fue siempre la última de sus preocupaciones, ¿cómo podía haber gente que soñara con encontrar a alguien?, ¡había que ser idiota! Y no es que siempre hubiera estado solo, claro que no, simplemente pensaba que esas cosas sucedían sin más, si es que acaso tenían que ocurrir. Mujeres hubo en su vida, desde luego, hasta que en los últimos años la soledad terminó por convertirse en el único de sus amores. Y aunque sus ideas fueran firmes, lo cierto era que la triste venda que tapaba sus ojos le impedía ver que muchos otros ya se habían equivocado antes como él.
Las grandes emociones que habían llenado sus días ahora sólo formaban parte del pasado, ya hubo tiempo para eso y mucho más años atrás. El tiempo había hecho de la suya una vida tranquila sin quebraderos de cabeza, pero también sin alegrías, y tal vez él mismo también tuviera algo que ver. Los días del abandono se escapaban uno detrás de otro, los rayos del alba se colaban cada mañana a través de la vieja ventana de su descuidada habitación, volviéndose difícil de verdad distinguir si aquello era un nuevo día o si se estaba repitiendo de nuevo el anterior. Poco más que apatía podía encontrarse por los rincones de un apartamento que era realmente pequeño al lado del enorme vacío que llenaba sus paredes. Quizá no fuera la vida soñada por nadie, pero gracias a aquella calma había logrado sentir algo parecido a esa felicidad que tanto deseaba. Sin embargo, como siempre había sido y seguiría siendo, sólo era cuestión de tiempo que todo volviera a cambiar.
Una mañana que se había empeñado en copiar a las anteriores acabaría siendo totalmente diferente, el largo rellano que daba a su entrada estaba lleno de toda clase de objetos. Pero aquella mudanza no era ninguna novedad, siempre había gente entrando y saliendo de aquel apartamento al fondo del pasillo. Cuando parecía que nada iba a cambiar, las puertas del ascensor se abrieron de par en par para revelar la misteriosa identidad de su todavía desconocida vecina. Ya nunca olvidaría la primera vez que sus miradas se cruzaron, era la segunda vez aquella misma mañana que un rayo de luz iluminaba su deslucido rostro. Esas emociones que llevaban tanto tiempo durmiendo despertaron del olvido, todo su mundo empezó a tambalearse al ver la escultural silueta de aquella belleza alejarse hacia la puerta de su nuevo piso, ¿sería capaz de dar el paso y emprender aquel mismo camino?

Rrocky John G Avildsen Silvester Stallone Talia Shire
Foto: Rocky (1976) Dir. John G. Avildsen

sábado, 22 de octubre de 2016

Sonrisas sin lágrimas

La dictadura del miedo había llegado para quedarse, ¿quién habría dicho que apenas habían pasado un par de semanas? La violencia se había hecho con el control de las calles, las aceras bañadas de sangre ya no extrañaban a nadie. La paz que había presidido hasta entonces aquel tranquilo pueblo había sido secuestrada, nadie estaba a salvo fuera de casa. Los periódicos de todas partes no tardaron en hacerse eco de la noticia, cuatro enmascarados disfrutaban convirtiendo sus excesos en diversión allí por donde pasaban. Todo el mundo lo sabía, pero al final de cada caza siempre daban con algún incauto con la palabra víctima escrita en su frente, ¿podría alguien poner fin a aquella locura?
Costaba creer que nadie hubiera sido capaz de atraparles, lo cierto es que no eran, en absoluto, discretos. Aquellos que fueron víctimas de sus macabros juegos ya nunca olvidarían las siniestras máscaras que usaban para ocultar sus pecados. La más escalofriante de ellas era, sin lugar a dudas, la que cubría la cara del líder del grupo. El rostro de un jabalí con melena era la inquietante imagen que muchos veían antes de perder el conocimiento. Sin embargo, debieron de pensar que aquello no era tan escalofriante, así que fueron todavía más allá. Una siniestra melodía que uno de ellos reproducía de algún modo acompañaba a cada una de sus fechorías, mezclándose con las carcajadas que brotaban desde lo más oscuro de sus corazones. Y aunque aquella canción se hizo muy conocida, nadie tenía el valor de escucharla, por razones más que obvias. ¿Quién habría podido imaginar que un día llegaron a ser personas normales? De hecho, ninguno de sus vecinos podría haber encajado que el más joven de ellos era ese chico educado que siempre saludaba, un muchacho que todavía tenía varios años de colegio por delante.
Y cuando parecía que aquello no había hecho más que empezar, se esfumaron por completo de la noche a la mañana. Tal vez no fueran más que animales para muchos, quizá realmente lo eran, pero para nada eran idiotas. Su búsqueda se había vuelto tan intensa que no tuvieron más opción que desaparecer, ya no quedaban lugares sin curiosos donde pudieran divertirse. Los días del terror fueron pasando, lentamente, hasta que la calma regresó de nuevo a las vidas de la gente. Incluso hubo algunos que, con más corazón que cabeza, llegaron a pensar que tenían tanto miedo de ser atrapados que habían escapado para ya nunca volver. Pero la mayoría de los vecinos sabía muy bien que seguían entre ellos, ajenos a toda preocupación, y que era cuestión de tiempo que volvieran a hacer de las suyas. Y no les faltaba razón, aquella terrorífica música envuelta de risas no tardaría en sonar una vez más.

La Naranja Mecánica A Clockwork Orange Stanley Kubrick
Foto: La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange) (1971) Dir. Stanley Kubrick

viernes, 14 de octubre de 2016

Azares sin fortuna

Aunque todos a su alrededor jadearan como locos, él había enmudecido por completo. El cañón de la pistola estaba empapado por el sudor de su sien, y el dedo con el que estaba a punto de apretar el gatillo no dejaba de temblar. Aquella misma tarde le habían convencido de que la ruleta rusa no era más que un juego, pero no tardó en darse cuenta de que los dados y las cartas que tantas horas le habían robado nada tenían que ver con aquello. Si ganaba la partida, su vida podría volver de nuevo a la normalidad, por cortesía, eso sí, de la sangre del muchacho que estaba sentado frente a él.
Su chica nunca llegó a entender cómo el alcohol había convertido, sin que pudiera darse cuenta, lo que un día fue su vida en un juego sin reglas. Tan sólo unos meses atrás pasaba cada noche abrazado a ella, su amor era suficiente para llenar el vacío de su torturada alma, y así sería hasta que el azar se cruzó por sus caminos. Un día como otro cualquiera, seguramente un sábado, uno de sus amigos tuvo una gran idea: ¡qué bien lo iban a pasar en aquel enorme casino que nunca habían pisado! Y así fue, tanto, que volverían semana tras semana en busca de aquella sensación. ¿Cómo podían no haber ido antes? Nunca se había sentido tan vivo, no había apuestas sin copas, y no había copas sin mujeres. En poco tiempo, aquello se convirtió en su única vida, y todo lo que antes tenía había desaparecido, incluso ese amigo que había tenido aquella brillante idea. El alcohol hizo que todo sucediera mucho más deprisa, no fue hasta que llegó al borde del abismo cuando al fin entendió lo que había ocurrido. ¿De verdad le debía todo ese dinero a aquellos tipos? ¿Dónde se había metido su auténtica vida?
Pero todo apuntaba a que ya era demasiado tarde para hacer preguntas. El delirio del alcohol pronto dio paso al escalofrío de la muerte, nunca había arriesgado tanto en ningún otro juego, a cambio de tan poco. Todo por perder y nada que ganar, ¿por qué llamarían juego a aquella estupidez?, se repetía a sí mismo, una y otra vez. Justo en ese momento, le pareció ver, escondida entre la multitud, a su chica, llena de esa luz que ya no brillaba en su vida y con la mirada clavada hasta el fondo de su corazón. Había ido hasta allí sólo para rescatarle, pensó él, aunque tal vez no fuera más que un espejismo haciéndole ver todo lo que había perdido. Sin embargo, todavía era pronto para descubrirlo, el gatillo estaba esperando.

El Cazador The Deer Hunter Michael Cimino Robert de Niro
Foto: El Cazador (The Deer Hunter) (1978) Dir. Michael Cimino

jueves, 6 de octubre de 2016

Amar con el Diablo, Parte 2

Lo había escuchado alto y claro, pero no podía dejar de frotarse los ojos. Aunque fuera mucho más real que cualquiera de sus pesadillas, era del todo imposible que aquello estuviera sucediendo de verdad. Las llamas trataban de escapar de los ojos de aquel personaje, una mirada inyectada en sangre que se clavaba hasta el fondo de su alma. De su cabeza brotaban dos largos cuernos, y eran tan rojos como la cola puntiaguda que asomaba detrás de él. El Diablo se había aparecido en mitad de la noche como por arte de magia, con un tridente en una mano y una oferta bajo el brazo. Pero, ¿por qué a él y no a otro? Aquel hombre asustado no era nadie, ni tenía nada, o, al menos, eso era lo que creía.
Nada más y nada menos que fortuna, ¡todo lo que hubiera podido imaginar! Esa vida de lujo con la que llevaba tantos años fantaseando estaba, de repente, al alcance de su mano. ¡Qué generoso, este Diablo!, pensó por un momento. ¿Por qué la gente hablará siempre tan mal de él? Su imaginación empezó a volar, ya podía verse a sí mismo relajado en la arena de la isla paradisíaca que llevaría su nombre, y también a todos esos peces junto a los que nadaría por las aguas cristalinas de sus playas. Sin embargo, aquella euforia no duraría mucho, pues no era un regalo lo que el Diablo tenía para él, sino un trato. A cambio de todo aquello, lo único que tendría que hacer sería renunciar a ese amor que acababa de entrar a su vida. Además, el Diablo, tratando de fingir algo de empatía, le garantizaba que su chica no sufriría en absoluto. Si aceptaba aquel pacto, a la mañana siguiente ella le habría olvidado por completo. Siempre había pensado que el amor era lo más importante, pero, al fin y al cabo, apenas hacía un par de meses que se habían conocido, y nadie podía asegurarle que aquello fuera a ser para siempre.
Y aunque al principio tuvo algunas dudas, no tardaría mucho en tomar una firme decisión. No iba a cambiar el amor por nada en el mundo, aquella mujer podría ser el amor de su vida y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Tan pronto como aquellas palabras salieron de su boca, el Diablo se esfumó y la habitación volvió a la normalidad. El calor dio paso de nuevo al frío y, pasados pocos minutos, se durmió profundamente. Cuando despertó, fue directo a mirarse en el espejo, como cada mañana, y al ver su rostro reflejado en el cristal volvió a preguntarse una vez más por qué seguía solo. Tanto la última noche como los recuerdos de aquel amor se habían borrado de su mente, aquella noche alguien más había recibido aquella misma oferta, pero él ya nunca lo sabría.

Wish You Were Here Pink Floyd
Foto: Detalle de la Portada del Álbum "Wish You Were Here" (1975) 
Art. Pink Floyd

domingo, 2 de octubre de 2016

Amar con el Diablo, Parte 1

Dos eran las cosas que aquel hombre había deseado desde bien niño: amor y fortuna. Sin embargo, el destino debió de pensar, por algún motivo que a él se le escapaba, que ninguna de esas cosas estaban hechas para él. Su treinta cumpleaños había sido hacía sólo una semana y, desde entonces, día y noche se preguntaba qué había hecho mal. Vivía en un pequeño apartamento, donde apenas había espacio para él mismo, y su vieja cartera estaba vacía como regla general, sin duda por culpa de aquel trabajo que, aunque odiaba con toda su alma, no podía abandonar. Pero, dejando todo eso a un lado, su mayor preocupación era que no tenía a nadie con quien compartir su vida. Tal vez no tuviera una gran vida que ofrecer, pensaba él, pero el amor nada tiene que ver con eso, ¿no?
Las semanas seguían pasando, una detrás de otra y cada una de ellas igual que la anterior. Y no fue hasta que sus pocas esperanzas estaban al borde del abismo, si es que no se habían evaporado ya, cuando sucedió lo que parecía imposible. Había conocido al fin a una mujer fantástica y, después de un par de meses, su vida se había llenado de luz gracias a ella. Aunque todavía era muy pronto y hablar de una relación seria seguía siendo un tabú, la alegría había enterrado a su tristeza y los días ya no pasaban sin sentido. Eran dos almas perdidas que se habían encontrado por el camino, y disfrutaban de cada momento que pasaban juntos como si fuera el último. Desde luego, él vivió mucho más durante aquellos meses que en los últimos años, y estaba convencido de que ella también. Los dos coincidían en casi todas sus pasiones, sobre todo en la música, todas las semanas iban a bailar a un local donde sólo se escuchaba rock and roll. Puede que la fortuna quedara aún muy lejos, pero ¿acaso era eso tan importante? ¡Por fin había encontrado el amor!
Una noche como otra cualquiera, algo realmente extraño estaba a punto de poner a prueba sus sentimientos. Mientras dormía plácidamente en su cama, el aire de la habitación empezó a volverse espeso poco a poco, hasta convertirse en una especie de humo. Las paredes blancas se tiñeron de rojo, y el frío que congelaba sus pies dio paso a un calor inusual para ser invierno. Una misteriosa figura emergió de pronto entre las sombras, acompañada únicamente de un destello cegador. Cuando abrió los ojos y vio todo aquello no lo dudó ni un instante, tenía que ser un sueño o, más bien, una pesadilla. ¿Cómo iba a ser aquello verdad?, ¡si era el Diablo quien estaba en frente de su cama! La situación se volvió todavía más dantesca cuando aquel personaje se acercó a él y le dijo en un tono relajado: “No estás soñando, he venido a hacerte una oferta”.

Amar con el Diablo, Parte 2:
http://lasvidasquenofueron.blogspot.com.es/2016/10/amar-con-el-diablo-parte-2.html

Pulp Fiction Quentin Tarantino Uma Thurman John Travolta
Foto: Pulp Fiction (1994) Dir. Quentin Tarantino