El caos y la
locura podían respirarse en cada rincón de aquel pintoresco lugar, además de un
intenso olor a azufre, Michael no había visto nada parecido en toda su vida. El
tiempo jugaba en su contra, el fuego estaba devorando la misteriosa ciudad que asomaba
por el horizonte, y su hermana Mary podría estar allí. Era realmente curioso,
por más que ardieran, pronto comprendió que aquellos edificios negros nunca
terminaban de quemarse, como si las llamas fueran parte de sus fachadas. Podría
haberle parecido extraño a cualquiera, pero él sabía perfectamente que aquello
era lo más normal que iba a encontrarse por allí. Estaba en el Infierno, tal y
como lo había imaginado el Bosco hacía cientos de años en su tríptico de El Jardín de las Delicias. No era la primera
vez –ni tampoco sería la última, desde luego– que Mary desaparecía sin avisar
antes a Michael, nada le gustaba más que perderse entre los colores de sus
lienzos favoritos. Su hermano y ella tenían un don muy especial, podían
sumergirse en el interior de cualquier cuadro que acabaran de ver, no tenían
más que cerrar sus ojos, dejar la mente en blanco, y concentrarse sólo en
la imagen de la pintura. Siempre lo hacían en un lugar apartado del museo, para
que nadie pudiera verles esfumarse como por arte de magia, era un secreto que
habían prometido no compartir.
Todo era mucho
más aterrador que en el museo, aquello estaba lleno de víctimas de las más
variadas torturas. Pero lo más escalofriante era, sin lugar a dudas, la
identidad de los torturadores. Por todas partes había criaturas fantásticas
que, lejos de despertar algo de ternura en su interior, eran totalmente
perturbadoras. El ruido del entorno era ensordecedor, Michael apenas podía
escuchar sus propios pensamientos, el gran alboroto y la música de unos
exóticos instrumentos eran los culpables. La anarquía y la confusión de aquella
escena le ayudaron a pasar desapercibido al principio, mientras intentaba
llegar a la ardiente ciudad donde podría estar Mary. Sin embargo, su moderna
apariencia no tardaría en llamar la atención de aquellos personajes, él era el
único extraño en aquel mundo de fantasía. Cuando trataba de cruzar el lago
helado que dividía aquel lugar, un pequeño ser con cabeza de colibrí y una
larga melena se plantó justo ante él. “¡Otro mortal, otro mortal! –gritaba
aquella criatura sin parar, apuntándole con algo parecido a un cetro–, ¡el amo
va a ponerse furioso otra vez!”. La música se detuvo sin previo aviso, el
silencio se abrió paso entre la algarabía y todos los ojos apuntaron hacia
Michael. Un sudor frío empezó a recorrer su espalda de arriba a abajo, era
evidente que aquello no podía ser, de ninguna manera, una buena señal.
Capítulo siguiente:
A través del lienzo, La ruta de las delicias: El Infierno (Parte 2):
A través del lienzo, La ruta de las delicias: El Infierno (Parte 2):
Foto: El Infierno, panel derecho del tríptico de El Jardín de las
Delicias (≈ 1500 d.C.)
Art. Jheronimus Bosch (El Bosco)









